Testimonios

Testimonio 1: PAULA ALARCÓN GONZÁLEZ: TODO LO QUE SOY ES GRACIAS A LAS ALDEAS. ES LO ÚNICO QUE PUEDO DECIR.

“PARA MI ES UN HONOR DAR ESTE TESTIMONIO PORQUE ELLOS ME DIERON TODO. HUBIERA PODIDO LLEGAR A OTRO HOGAR, UN HOGAR QUE  NO SE COMPARA CON LAS ALDEAS” 

Por: Luz Adriana Henao P.
Fotos: Archivo personal Paula Alarcón

Casi las siete de la noche en Santiago, un viento que ofrece cierto frescor a la salida del metro Bellas Artes. Mirando fijamente algún punto de la calle está Paula Alarcón González, 23 años después de que esos mismos ojos vieran por primera vez la Aldea Chaimávida, cerca de Concepción.

En torno a un café, esta Ingeniera en Control de Calidad habla de su vida, su percepción del mundo y su experiencia con la familia que le dio Aldeas Infantiles SOS.

“Yo nunca renegué de donde venía, no me causaba lata contar la historia, porque era mi realidad y yo siempre he dicho que lo que soy es gracias a la Aldea”, cuenta mientras sus ojos buscan el recuerdo de esa noche en que aquella niña de seis años llegó con lo que tenía puesto como únicas pertenencias a la casa de la tía Raquel. Esa noche, Paula González González –por sus apellidos de entonces-, supo que su madre nunca más le diría que la llevaría a vivir con las monjas.

“Llegué a la Aldea cuando tenia 6 años, vivía con mi mamá y mi bisabuela. Mi mamá quedó embarazada de mi hermano. Al llegar a la Aldea lo que más echaba de menos era a mi bisabuela, yo me crié con ella. Mi mamá fue madre muy joven y con mi papá tenía contacto de vez en cuando, pero él murió.” Es todo lo que cuenta de sus padres.

Muchos cambios vinieron después, Paula fue acogida por una mamá SOS y tuvo por primera vez hermanos con quien jugar. Ya estando dentro de la Aldea, pasó a llamarse Paula Alarcón González; “El papá de mi hermano, mi papi, me reconoció y me dio su apellido”. Terminó la educación básica y entró a la media; “Mi mamá de Aldeas me exigió harto y yo me volví igual con mis hermanos, hasta les tomaba la materia el domingo. En la media fue que conocí los seis y los siete”, cuenta entre risas.

Ahora narra con gracia un mal recuerdo del colegio; “Algo que me marcó es que mis compañeras llevaban sus barbies y yo no tenía. En ese tiempo, si tenías una barbie era porque tenías plata” y salta casi inmediatamente a reflexiones más profundas: “Pero por ser una niña de  una familia de Aldeas, tenía otra perspectiva de la vida.  Me sentía como ama y dueña del colegio, tenía la sensación de ser líder (…), a los cinco años siempre le decía a mi abuela que yo iba a estudiar, a trabajar y que no iba a ser mamá joven”.

Paula regresa al presente mientras desliza un trozo de mantequilla sobre su tostada y vuelve la cara al ventanal: “yo aproveché la oportunidad que me dieron. Mi mamá me quiso sacar, pero yo no quería. Nunca quise irme de la Aldea, iba a ser más difícil adaptarme a mi familia biológica, a pesar de que teníamos contacto”.

Como si la luz de la calle la llevara rápidamente a otro tema, trae a colación a Aase Sinding, una de sus madrinas extranjeras: “todavía tengo contacto con Aase, ella es de Dinamarca, nos escribimos, nos enviamos obsequios, fotos. Ella aprendió español para poderse contactar conmigo”.

A los 17 años y a punto de terminar la enseñanza media, Paula se trasladó de la Aldea Chaimávida a la Residencia Juvenil en Concepción, donde permaneció hasta titularse como Técnico en Control de Calidad.
Se acostumbró rápidamente a sus 14 compañeras y a la tía Miriam “Mimicita”, -como le dice en forma cariñosa-, Acompañante de Jóvenes de la Residencia primero, amiga después y su madrina de matrimonio unos años más tarde. “Ahora hay un vínculo mayor, ya somos una familia”, dice Paula refiriéndose a la tía Mimmy.

“En la Residencia yo era como el centro de la casa porque soñaba mucho y esos sueños se iban convirtiendo en realidad, eran como premonitorios (…).hicimos un grupo súper bonito, nos queremos harto (…), la navidad era sagrado pasarla juntas, hacíamos botitas con dulces y las repartíamos en la calle, para el 18 (de septiembre) poníamos ramitas en el comedor y hacíamos empanadas, panes, dulces; nuestra propia ramada”.

Se puede sentir en su voz la añoranza por esos años en Concepción, abandonados para alcanzar un nuevo sueño que le esperaba en Santiago: convertirse en profesional. “Llegue a la residencia de La Reina, igual hice amistades, pero lloraba harto y viajaba todos los meses. Ese fue el precio…añoraba esa cosa que tu sientes que necesitas. Cariño. Era súper rico llegar a la residencia en Concepción”.

Casi quince años después de que Paula llegara, la labor de Aldeas Infantiles estaba cumplida y gracias a la organización y a los aportes de los Amigos SOS, Paula pronto se convertiría en una profesional autónoma, lista para enfrentarse al mundo. Efectivamente, terminó la universidad y empezó la práctica en una empresa privada, donde –cuatro años después-, todavía trabaja.

“Yo sabía que iba a llegar el día en que tendría que irme. Sabía que iba a estar sola. Eso fue complicado”. Sin embargo la soledad no duró mucho tiempo, pues pocos años después de independizarse de la Aldea, regresó a Concepción, se vistió de novia en la Residencia y caminó de la mano de la tía Mimmy hacia la iglesia, para contraer matrimonio con César López. Hoy, a sus 29 años, dice con una sonrisa tranquila y esperanzadora, “tenemos auto y casa, así que ya pueden venir los hijos”.

Suena el celular, es César que vino a buscarla. Nos despedimos y la veo alejarse en un moderno auto plateado. Del mismo color de los sueños.

Testimonio 2: Los sueños si pueden hacerse realidad (René Osses Cisterna)

Rene Osses Cisterna estudio Gastronomía en el Liceo Hermann Gmeiner de Aldeas Infantiles SOS en Concepción. A sus 18 años es feliz, emprendedor y confiado en sus capacidades.  Tiene el temple, los conocimientos y la impronta de los vencedores. Reconoce que ese espíritu ganador lo forjo gracias al Liceo y comparte su historia para que más personas sigan ayudando a Aldeas Infantiles y otros niños, niñas y jóvenes vean sus sueños hechos realidad.

Cada mañana el despertador suena a las 6.00 AM. René se prepara para ir a su trabajo en Versluys, una de las pastelerías más importantes de la octava región, ubicada en el centro de Concepción y con una amplia tradición en la zona.

Nuestro protagonista inicia labores a las 8.00 de la mañana. Allí cumple cada día su sueño de niño: ser Chef. Y si que lo logró: es el chef responsable de la alimentación de los 140 trabajadores de la empresa; siendo el responsable del desayuno, almuerzo y once. A las seis de la tarde deja su uniforme y parte a su casa con la  satisfacción de que gracias a su esfuerzo y perseverancia y al apoyo que recibió del Liceo Técnico Hermann Gmeiner, su sueño se hizo realidad.

El profesionalismo con que René desarrolla su trabajo ha sido reconocido por compañeros y superiores y ha recibido felicitaciones por su desempeño, lo que le llena de orgullo y deseos de hacerlo mejor todavía.

Con una amplia sonrisa se remonta al año 2003, “fui con mis padres a inscribirme en el Liceo, mi sueño: estudiar gastronomía” y ese sueño quedo registrado en su ficha de postulación. Cuatro años más tarde, en el año 2006 termina cuarto medio e inicia la práctica profesional en el Hotel El Araucano, donde queda contratado y trabaja por seis meses.

Luego emigra a su actual empresa, lo que le posibilita ir cultivando  nuevos anhelos: embarcarse en un crucero trabajando como Chef, por ejemplo. Está consciente de que para ello debe aprender inglés y  sus pasos indican que va en la dirección correcta.

 “Mi gran sueño es tener mi propio restaurante”, dice con energía mientras recuerda su estadía en el Liceo, “participé en el taller de Kárate que había en el Liceo, eso me ayudo a conocerme a mi mismo. Allí  aprendí a ser persona, a compartir, a trabajar y lo mejor de todo: aprendí gastronomía”, narra con emoción.

“Los profesores fueron una gran ayuda, estaban siempre preocupados de uno, nos preguntaban como estábamos, siempre había alguien que nos escuchaba”. Sin duda Rene tiene mucha razón cuando piensa en la importancia de los maestros, que en el caso del Liceo, son también acompañantes, confidentes, amigos, consejeros, cumpliendo una labor trascendental en el sector de Pedro del Río Zañartu, una zona con problemas de pobreza, desempleo, drogadicción, violencia intrafamiliar, deserción escolar y trabajo infantil, situaciones que la presencia de Aldeas Infantiles SOS ha logrado paliar a través de la educación y el trabajo comunitario.

Otro recuerdo que viene a la memoria de Rene es el apoyo que prestó en las actividades de la organización, como una Convención en la que le correspondió participar en la cocina: “Conocí a los directores, mamas y colaboradores de Aldeas Infantiles SOS, con quienes compartí mucho, tengo los mejores recuerdos, ellos se comprometen 100% en ayudar a quienes más lo necesitan”

Unos de los momentos más emocionantes fue la entrega de su titulo en el año 2007: “Mis padres y mis cinco hermanos estaban orgullosos; el más emocionado era mi papá. Él es comerciante ambulante y veía en mí su sueño cumplido. Somos una familia grande y de escasos recursos, por lo que este es un gran éxito.”

Por su parte, Víctor Cárdenas, Director del Liceo Hermann Gmeiner, recuerda a René como “un muchacho activo, colaborador y muy receptivo” y agrega que “historias como la suya son la motivación permanente que nos recuerda que si se pueden romper los círculos de pobreza y exclusión”.

No podíamos despedirnos de René sin preguntarle por su mejor receta, que esperamos ir a degustar a su restaurante. Con pleno convencimiento nos dice: “Rissoto con camarones ecuatorianos o Salmón austral con corvina, es una magnifica fusión; servido con espinacas a la crema”.

Testimonio 3: Tejiendo historias (Mónica)

La Aldea Infantil SOS de Ángol fue fundada en 1981. Angol es un vocablo Mapudungun -lengua de los indígenas Mapuches- que significa “subir a gatas” y da nombre a  la capital de la Provincia de Malleco, en la IX Región de la Araucanía, al sur de Chile. La ciudad tiene como particularidad haber sido fundada en siete oportunidades, debido a la feroz resistencia que opusieron los indígenas mapuches a los españoles.

En 28 años de labor, muchos son los niños que se hicieron jóvenes con sus familias de la aldea y que hoy como adultos, son integrantes activos de sus comunidades. “Siempre seguimos sus pasos por la vida y tratamos de ayudarlos con consejos y demostrarles nuestro afecto. La relación con la gran mayoría es muy familiar”, afirma Ramón Torres Cerna, Director de la Aldea Infantil SOS Ángol. 

Hoy queremos compartir con los lectores de nuestra revista, la historia de Mónica. Ella fue una de las primeras niñas acogidas al interior de una familia en la aldea de Angol. Al llegar tenía seis años. Después de la enseñanza básica, inició estudios secundarios en el Liceo Comercial de Ángol, donde obtuvo un título técnico en Secretariado. Posteriormente se perfeccionó en un Instituto profesional.

En el año 1994 inició su vida independiente, con la tristeza de dejar a su familia y a la comunidad aldeana, pero con las expectativas que trae el inicio de una nueva etapa. Mientras estudiaba, falleció su madre biológica, con quién se reencontró  cuando tenía 15 años y a quien visitaba esporádicamente. Mónica nunca conoció a su padre.

Está fue una de las razones por las que se encariñó mucho con sus padrinos, una pareja de Alemanes que vinieron a verla varias veces y fueron para ella padres amorosos, entablando una relación de mutuo afecto. Después de su graduación como Secretaria Ejecutiva, Mónica fue invitada a visitarlos a su casa en el norte de Alemania. Esta experiencia la marcó para toda su vida. En la actualidad Mónica mantiene contacto telefónico y por carta con ellos y guarda en su corazón los recuerdos felices de esa época en la que el amor y la solidaridad fueron un puente para ella hacia una vida rodeada de afecto.

No le fue fácil encontrar trabajo, pero finalmente se empleó en la Librería Alemana de la capital regional, Temuco, donde permanece trabajando hasta hoy. Mónica es una persona con metas claras, muy esforzada, trabajadora, ahorrativa y emprendedora. A pesar de no haber pasado mucho tiempo con su madre biológica, los ahorros de sus primeros sueldos fueron destinados a la fabricación de una lápida para su tumba. Después, se compró a crédito una pequeña casa en Temuco. En una de sus habitaciones instaló lo que en Chile llamamos un “Negocio de Esquina” – un pequeño local que vende abarrotes, frutas, verduras, pan, entre otros-, que atiende a los vecinos de su localidad.

Como en todas las historias, falta un componente: hace un par de años Mónica encontró al amor de su vida y decidió casarse en enero pasado. David es peluquero y proviene de una numerosa familia de Temuco. Sus parientes preparaban la boda en esa ciudad, pero finalmente cedieron al deseo de Mónica de casarse en “su casa” de la Aldea.  Así, el 19 de enero de 2008 el viejo sauce que crece en el centro de la Aldea Infantil SOS Angol, el mimo que fue testigo de sus juegos infantiles,  abrigó con su sombra la emotiva ceremonia en la que  Mónica y David se dieron el Sí.

Seguramente ese mismo sauce será también testigo de una que otra travesura, pues a fines de este año, llegará a este mundo el primogénito de Mónica y David. Entre tanto, otras historias se están tejiendo día a día gracias a la solidaridad de personas que no siempre conocemos, pero que con sus aportes, contribuyen a la misión de Aldeas Infantiles SOS: entregar un hogar y una familia a quienes más la necesitan.
Share/Bookmark